En el Festival de Eurovisión participan televisiones estatales, permitiéndose solo la concurrencia de una televisión por país. La dimensión nacional, por tanto, a menudo permea el espectáculo. Esto es perceptible en las banderas ondeadas en la gala, así como en la continua repetición de los nombres de los países, pasando por las propias actuaciones, las cuales suelen incorporar referentes culturales e identitarios, incluso políticos. En cuanto a su promoción, las canciones participantes se difunden meses antes del concurso de múltiples maneras, siendo el medio más efectivo el videoclip, que además de dar a conocer al artista, al compositor o al productor del tema, a menudo reproduce imágenes del país al que representa. Esto es especialmente relevante cuando la nación en cuestión se haya en un momento histórico coyuntural, como lo fue la España del Tardofranquismo. El objetivo de esta investigación es comprender qué imagen de la entonces Dictadura se pretendió difundir en esos años a través de los videoclips del Festival que tratan el tema de la identidad cultural, concretamente nacional. Años que, de hecho, coinciden con su “edad dorada” en cuanto a los resultados obtenidos, de ahí la importancia de estudiar la estrategia mediática detrás de estas candidaturas. El análisis, que combina referencias de la Estética y la Comunicación Audiovisual, comienza en 1971, cuando en pleno apogeo de España en el certamen las reglas del concurso imponen la grabación de un videoclip para participar en él, y termina en 1980, con la reciente aprobación de la Constitución, el fin de la Dictadura y a la vez el fin de la “edad dorada” de RTVE en Eurovisión.